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TALLER ABIERTO DE PRODUCCIÓN CREATIVA

El Taller Abierto de Producción Creativa es un espacio virtual, semanal y gratuito, donde analizamos proyectos reales y producimos ideas en vivo.


No es una clase ni un taller cerrado: es un espacio de pensamiento compartido, abierto a cualquier disciplina.

Trabajamos sobre procesos creativos, toma de decisiones, criterio, bloqueos, organización de proyectos y cruces entre lenguajes.

El Taller Abierto está pensado para personas que crean, producen o están intentando ordenar un proyecto creativo, sin importar el nivel o la disciplina.

Los encuentros de ENERO y FEBRERO 2026 son los sábados a las 11 am.

Para ingresar solo hay que llenar el siguiente formulario:

 

BITACORA DEL TALLER ABIERTO

1. Pensar la creatividad antes de empezar

Hay una idea muy extendida sobre la creatividad: que crear es tener ideas. Buenas ideas, tremendas, copadas. Ideas originales, potentes, fuera de lo común… algo que no me espero y me sorprende en la vida. Sin embargo, cualquiera que haya intentado llevar adelante un proyecto creativo sabe que el problema rara vez está ahí. Las ideas aparecen. A veces aparecen demasiadas… y el conflicto puede empezar después.

¿Qué hacemos con esas ideas?
¿Cómo se sostienen cuando pasa el entusiasmo inicial?
¿Por qué tantas ideas que parecen buenas se caen a mitad de camino?

El primer encuentro del Taller Abierto de Producción Creativa no buscó responder estas preguntas de forma cerrada ni ofrecer soluciones rapiditas, así para resolver las cosas de una semana a la otra. Como buen primer pantallazo o “prueba piloto” buscó algo aparentemente más pequeñito pero que en realidad creo que es bastante crucial y a veces más complejo: detenerse a pensar cómo pensamos la creatividad. No como un talento, no como inspiración venida del cielo, no como algo mágico, sino como un proceso que se construye en el tiempo y para el cual es necesario desplegar y ejercitar herramientas.  

Crear no es solamente imaginar algo. Crear implica decidir. Decidir qué vale la pena sostener, con qué recursos, en qué contexto y durante cuánto tiempo. Decidir qué forma toma una idea cuando deja de ser algo íntimo y empieza a existir en el mundo real. Muchas veces los bloqueos creativos no tienen que ver con la falta de sensibilidad, de habilidades o de imaginación, sino con la dificultad de transformar una idea en algo realizable, de hacerla convivir con el tiempo disponible, con el dinero que hay o el que no hay, con los vínculos, con el contexto en el que se produce.

En ese punto, la creatividad deja de ser una abstracción y se vuelve una práctica concreta.

Durante el encuentro apareció una pregunta que funcionó como eje para pensar todo lo demás: ¿qué estamos mezclando cuando creamos? Creo que ninguna idea surge de la nada, y esta puede ser una idea que aceptamos pero que no siempre desarrollamos. Toda creación es una mezcla. Mezcla de referencias, de experiencias, de deseos, de técnicas, de límites. Cuando algo nos parece creativo, muchas veces es porque aparece una combinación inesperada, algo que irrumpe donde no lo esperábamos, que rompe una expectativa previa. No es magia. Es decisión. Decidir qué elementos poner en juego, dónde ubicarlos, qué dejar afuera.

También apareció con fuerza la relación entre ideas y recursos. Una idea no existe separada de sus condiciones de realización. Siempre dialoga, o entra en tensión, con los recursos disponibles. A veces el problema no es que la idea sea mala, sino que está pensada para un escenario que no existe. Revisar una idea a la luz de los recursos no significa empobrecerla, en muchos casos significa transformarla. Cambiar la escala, el formato, el modo de producción. Volver a mezclar.

Pensar la creatividad no es frenar el hacer. No es postergar indefinidamente la acción. Es darle dirección. Es permitirse hacer mejores preguntas antes de seguir avanzando en automático. ¿Cómo empiezo cuando necesito una idea? ¿Siempre empiezo del mismo modo? ¿Qué pasaría si empiezo desde otro lugar? ¿Qué cosas consumo que realmente me conmueven? ¿Qué están mezclando esas obras que me gustan?

Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas que se trabajan en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y remezclarlas con el tiempo. No como conclusiones definitivas, sino como puntos de partida.

Podes sumarte al taller en este formulario: https://forms.gle/abSP6MrDJhykdj4N7

2. Describir para crear y sostener

En el primer encuentro abrimos una puerta: la creatividad no es “tener ideas”, sino saber qué hacer con ellas. En el segundo encuentro nos metimos con una herramienta concreta para eso: la descripción. No como si fuera un trámite, no como la idea de “contar algo”, ni tampoco la descripción pensada como “escribir lindo”...  Acá hemos pensado en describir como parte del trabajo creativo, como una forma de crear y de dar forma a los proyectos. 
Porque si algo aparece una y otra vez en proyectos que no avanzan (o que avanzan con sufrimiento) es esto: la idea existe, pero existe a medias. Más o menos la formulamos, nos entusiasma… pero no termina de volverse clara. Y cuando no hay claridad es mucho más difícil que haya sosten. No porque no sea una idea piola o falte voluntad, sino porque todavía no sabemos qué estamos haciendo. 
Describir sirve para ganar esa claridad. Y sirve en dos direcciones.
Primero, describimos para que el otro entienda. En el encuentro salieron estos ejemplos: describís cuando volvés a tu casa y contás una situación del día, cuando escribís una tesis, cuando presentás una convocatoria, cuando pedís financiamiento, cuando querés convencer a alguien de que se sume: todo eso requiere descripción. No se puede pedir apoyo (ya sea tiempo, energía, compañía, dinero) para algo que ni siquiera está formulado con nitidez.
Pero lo más importante: describimos para entendernos adentro nuestro… para comprender lo que queremos hacer. Para poder decir  “esto es lo que quiero hacer”.
Muchas veces se confunde “poca profundidad” con “falta de claridad”. No es que la idea sea chata: es que todavía está demasiado en borrador. “Quiero hacer un libro” no es una idea. Es un encabezado, es una especie de idea primaria… Lo piola, el contenido de la idea, lo que la empieza a hacer particular en su desarrollo, aparece cuando empieza el “y además”. Cuando le sumás capas: formato, tono, público, recursos, modo de producción, experiencia que querés generar, etc. Ese “y además” no es capricho: es construcción.
Ahora bien: agregar cosas no significa mezclar todo. 
En el encuentro apareció una analogía simple: el helado. Cuando somos chicos creemos que si mezclamos todos los gustos que nos gustan, el resultado va a ser superior. Y no. Muchas veces queda una pasta marrón que no se parece a nada. En creatividad pasa parecido: mezclar todo lo que me gusta no garantiza un resultado mejor. La mezcla no es batir. La mezcla necesita criterio, o sea elegir qué entra, qué no, y sobre todo: qué parte de cada cosa entra.
Ahí vuelve el concepto que venimos trabajando desde el comienzo: criterio creativo. Ese criterio no es una teoría abstracta. Es una herramienta de producción. Es lo que te hace decidir proporciones, recortes, recursos, escala. Y también es lo que te permite sostener un proyecto sin morir en el intento.
Porque sostener no es solo “ser constante”. Sostener es diseñar algo que se pueda hacer en la vida real. Y ahí apareció una idea que para mí es clave:
La manera de llevar a cabo la idea es parte de la idea.
No hay “idea” por un lado y “después vemos cómo se hace” por el otro. El cómo se hace define lo que la idea es. Si no tengo plata para producir un libro hoy, quizás la idea no es “hacer un libro”: quizás la idea es “contar esto” y el formato, por ahora, es otro. Podcast. Newsletter. Serie de clips. Algo que entre en el tiempo y los recursos reales. Eso no empobrece la idea: muchas veces la vuelve posible.
En este encuentro, además, dimos un paso importante: entender que consumir también es un acto creativo. Porque no creamos desde la nada. Creamos desde lo que vimos, escuchamos, leímos, vivimos. Nuestra paleta creativa no es solo una lista de referencias: es una memoria gigante que está en distintos cajones, algunos accesibles y otros escondidos. Y si queremos describir mejor lo que hacemos, primero tenemos que aprender a describir mejor lo que consumimos.
Por eso hicimos un ejercicio: mirar la intro de Big Mouth y preguntarnos cosas básicas, pero poderosas: ¿qué me gusta de esto? ¿qué me incomoda? ¿qué se está mezclando? ¿para quién está hecho? ¿qué decisiones aparecen en la música, el montaje, el tono, la estética? No para “analizar Big Mouth”, sino para entrenar el ojo. Para practicar esa descripción que después necesitamos para nuestros propios proyectos.
Y ahí surgió otra cosa que me parece fundamental: no juzgar lo que te gusta. El “gusto culposo” es un bajón, particularmente me parece una paja, no porque sea inmoral, sino porque te corta el acceso a tu propia paleta. Si algo te gustó, te atravesó… te guste o no te representa. Aunque hoy no lo pongas en una vidriera de lo que te identifica. Si trabajamos en creatividad, necesitamos asumir el bagaje completo: lo que nos gusta, lo que nos gustó y ya no, lo que nos da vergüenza, lo que amamos en secreto, lo que odiamos. Todo eso también construye lenguaje.
El segundo encuentro no fue una receta. Fue un reordenamiento. Una invitación a frenar un segundo la inercia del “tengo que producir ya” y hacer una cosa anterior: describir para saber qué estoy produciendo.
Porque describir no es frenar el hacer, es una de las herramientas que necesitamos para hacerlo posible.
Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas que trabajamos en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y remezclarlas con el tiempo. No como conclusiones definitivas, sino como herramientas para usar.

Podes sumarte al taller en este formulario: https://forms.gle/abSP6MrDJhykdj4N7

3. Sostener después del entusiasmo

En este tercer encuentro apareció con más claridad una pregunta que ya venía rondando desde el inicio del taller y que esta vez tomó forma a partir de algo que surgió en el grupo interactivo de WhatsApp: qué nos pasa cuando pasa el entusiasmo con una idea.
A muchas personas les ocurre lo mismo: podemos tener un montón de ideas. El problema es qué hacer después, cuando la energía inicial baja y la idea deja de empujar sola. Ahí aparece la dificultad de sostener, de desarrollar, de seguir adelante cuando ya es suficiente el impulso. 
De las respuestas que fueron apareciendo, hubo algo que se repitió con fuerza y terminó organizando el encuentro: el para qué como una herramienta concreta. El para qué de un proyecto suele darse por sentado, pero cuando no hay tiempo, cuando no hay plata o cuando aparece el cansancio, es casi lo único a lo que se puede volver, por lo tanto es la columna vertebral. 
Ahí apareció una idea central: la motivación es un recurso. Un recurso tan importante como el tiempo o el dinero, y muchas veces más. Porque tiempo y dinero rara vez sobran. En cambio, la motivación se puede trabajar, revisar, afinar. No toda motivación sostiene un proyecto, y no todo para qué alcanza a largo plazo… pero para el momento de salir a buscar dinero, comprar tiempo, convocar personas, la motivación tiene que estar super fuerte. 
Cuando la motivación está puesta únicamente en que algo “funcione” o “la pegue”, el proyecto queda atado a variables que no controlamos. Y cuando eso falla, la idea suele caerse. En cambio, cuando el proyecto está conectado con un deseo real, con algo que importa, es más probable que se pueda sostener o readaptarse incluso en contextos complicados. 
Desde ahí el encuentro se desplazó hacia una mirada más amplia sobre los recursos. No solo tiempo y dinero, sino también habilidades, oficio, experiencia, energía, vínculos, entorno y capacidad de juego. Para pensar esto de forma concreta apareció como ejemplo Socket, un falso documental hecho con muy poco presupuesto, donde el recurso principal no está en lo técnico sino en la actuación, la improvisación y la construcción de un mundo narrativo claro.
Eso abrió una pregunta clave: ¿dónde están nuestros fuertes? ¿Qué sabemos hacer bien con lo que tenemos cerca? ¿Qué parte de nuestro recorrido, de nuestro contexto o de nuestra práctica puede convertirse en recurso?
En ese marco apareció también la distinción entre entusiasmo y motivación. El entusiasmo es un shot de energía, algo intenso pero breve. Sirve para bajar la idea, escribirla, hablarla, hacer un primer boceto. Pero no siempre es el mejor momento para tomar decisiones grandes (como endeudarse jaja). La motivación, en cambio, es lo que puede quedar cuando ese entusiasmo baja y en lo que se trabaja un poco más en frío. 
En la segunda parte del encuentro se propuso empezar a construir un horizonte de referencias distinto: consumir y analizar cosas hechas con poco, pero bien resueltas. No como culto a la precariedad, sino como ejercicio de criterio. Porque si solo nos comparamos con superproducciones, la distancia siempre nos paraliza, nos detiene, nos frustra de entrada. 
El encuentro cerró volviendo a una idea que atraviesa todo el taller: dar marco. Dar marco a las ideas, al tiempo disponible, a los recursos reales. El marco no limita: sostiene. Permite que un proyecto exista más allá del entusiasmo inicial.
Tal vez sostener no sea insistir más, sino mirar mejor. Entender qué nos motiva de verdad, qué recursos tenemos y qué decisiones estamos dispuestos a tomar para que una idea no se caiga cuando deja de empujar sola.

Podes sumarte al taller en este formulario: https://forms.gle/abSP6MrDJhykdj4N7

4. ¿De donde salen las ideas?

En este cuarto encuentro el foco estuvo puesto en una pregunta que suele aparecer de manera difusa, pero que rara vez se trabaja de forma directa: ¿de dónde salen las ideas?
no para ser respondida de forma romántica ni abstracta, como siempre vamos a decir, sino para traducirla en decisiones concretas.
Hemos usado como punto de partida el poema Confesión del viento. Un texto que se construye sobre una decisión expresiva clara: darle voz, conciencia y personalidad al viento. A partir de su lectura apareció una consigna simple pero potente: pensar qué pudo haberle pasado a quien escribió ese poema, o sea… cual puede haber sido el disparador que llevó a que el escritor (Roberto Yacomzzi) haya empezado con la idea. Esto es util para poder ver diferentes caminos o trayectos de decisiones, y tambien para ver que las ideas a veces pueden salir de cualquier lado. 
Ahí apareció con fuerza una idea que atraviesa todo el taller: crear es decidir.
Decidir que aparece y que no, que queda de todo lo que se me ocurre y que se descarta… Tambien decidir el tono, el punto de vista, el grado de intimidad, la forma, etc.... El viento podría haber sido agua, fuego o una persona. Podría haber sido humor o tragedia. El poema no es solo lo que dice, sino también todo lo que quedó afuera. Incluso podría no haber sido un poema, sino cualquier otra cosa. 
Toda esta lógica la pusimos en tensión al ver una publicidad de energía eólica construida desde un recurso muy similar: el viento hablando de sí mismo. Dos producciones completamente distintas, con objetivos y formatos opuestos, pero con un punto de partida cercano. Eso permitió ver con claridad algo fundamental: una idea, en abstracto, no es nada. Es un campo de posibilidades. Lo que la vuelve concreta termina siendo el conjunto de decisiones que se toman alrededor.
Desde ahí el encuentro se desplazó hacia problemas reales, a través del consultorio creativo, algo que inauguramos o empezamos a poner a prueba. 
En un primer caso apareció un proyecto sobre artistas callejeros, trabado en “la pregunta” y en “el cierre”. En lugar de buscar la pregunta perfecta para el otro, se propuso volver hacia el proyecto: ¿qué tipo de proyecto es?, ¿qué me interesa realmente saber?, ¿a quién se lo quiero contar?, ¿qué curiosidad organiza todo lo demás? Antes que sumar más capas, apareció la necesidad de foco, de elegir. 
En ese marco surgió otra herramienta clave: la prueba mínima. Hacer algo pequeño y posible antes de diseñar la obra completa. Muchas veces el bloqueo no está en la falta de ideas, sino en pensar directamente en el resultado final sin haber hecho ningún ensayo. Los ensayos son parte del proceso y a veces ayudan a “tangibilizar” lo que queremos hacer… ya sea en maqueta o lo que fuere. 
El segundo caso del consultorio abordó un bloqueo muy común en proyectos musicales: la sensación de “no tener herramientas suficientes” y de que “lo que hago no me gusta”. Ahí apareció una distinción central entre producir ideas y evaluarlas. Juzgar mientras se produce suele cortar el proceso antes de que algo tenga tiempo de tomar forma.
Se trabajó sobre una simplificación deliberada: para empezar, una canción puede pensarse como texto + melodía. La voz es un instrumento. Toda melodía sugiere una armonía, aun cuando no sepamos nombrarla o conceptualizarla. Desde ahí se habilitaron estrategias concretas: cantar sobre bases, grabar tarareos, reformular melodías existentes, separar el momento de juego del momento de análisis. No se trata de que lo primero que aparezca sea “bueno”, sino de tener material para trabajar.
Apareció con fuerza una idea que atraviesa muchos procesos creativos: la distancia entre lo que nos gusta como consumidores y lo que somos capaces de producir hoy. Ese desfasaje no es un defecto, ni esta necesariamente mal  es el lugar mismo del trabajo creativo, es un poco lo que nos toca al ponernos “del otro lado del mostrador” o sea, del lado de crear. El problema no es la idea inicial, sino qué hacemos con ella después.
Hacia el final se volvió al poema inicial (Confesión del viento) desde otro ángulo: su transformación en canción. El mismo texto atravesado por distintas interpretaciones, decisiones musicales y modos de decir. El recorrido completo (que empezaba pensando el disparador, viendo la interpretación de ese disparador para llegar a un poema, luego ver que eso se transformo en canción, para que mas tarde una arregladora genere su propia versión), nos permitió pensar el proceso creativo como una cadena, no como un momento de inspiración aislado.
El encuentro dejó una idea abierta que atraviesa todo el taller: no todas las ideas llegan para ser usadas ya. Algunas necesitan ser anotadas, guardadas, dejadas en reposo. Habrá otro momento donde otra versión de mi mismo volverá sobre ellas con algo de distancia y más herramientas para decidir qué hacer.
Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas trabajadas en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y reutilizarlas en procesos propios. No como conclusiones cerradas, sino como herramientas para decidir mejor.


Podés sumarte al taller en este formulario:
https://forms.gle/abSP6MrDJhykdj4N7

© 2020 por Javier Nadal Testa

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