TALLER ABIERTO DE PRODUCCIÓN CREATIVA
El Taller Abierto de Producción Creativa es un espacio virtual, semanal y gratuito, donde analizamos proyectos reales y producimos ideas en vivo.
No es una clase ni un taller cerrado: es un espacio de pensamiento compartido, abierto a cualquier disciplina.
Trabajamos sobre procesos creativos, toma de decisiones, criterio, bloqueos, organización de proyectos y cruces entre lenguajes.
El Taller Abierto está pensado para personas que crean, producen o están intentando ordenar un proyecto creativo, sin importar el nivel o la disciplina.
Los encuentros de ENERO y FEBRERO 2026 son los sábados a las 11 am.
Para ingresar solo hay que llenar el siguiente formulario:
BITACORA DEL TALLER ABIERTO
1. Pensar la creatividad antes de empezar
Hay una idea muy extendida sobre la creatividad: que crear es tener ideas. Buenas ideas, tremendas, copadas. Ideas originales, potentes, fuera de lo común… algo que no me espero y me sorprende en la vida. Sin embargo, cualquiera que haya intentado llevar adelante un proyecto creativo sabe que el problema rara vez está ahí. Las ideas aparecen. A veces aparecen demasiadas… y el conflicto puede empezar después.
¿Qué hacemos con esas ideas?
¿Cómo se sostienen cuando pasa el entusiasmo inicial?
¿Por qué tantas ideas que parecen buenas se caen a mitad de camino?
El primer encuentro del Taller Abierto de Producción Creativa no buscó responder estas preguntas de forma cerrada ni ofrecer soluciones rapiditas, así para resolver las cosas de una semana a la otra. Como buen primer pantallazo o “prueba piloto” buscó algo aparentemente más pequeñito pero que en realidad creo que es bastante crucial y a veces más complejo: detenerse a pensar cómo pensamos la creatividad. No como un talento, no como inspiración venida del cielo, no como algo mágico, sino como un proceso que se construye en el tiempo y para el cual es necesario desplegar y ejercitar herramientas.
Crear no es solamente imaginar algo. Crear implica decidir. Decidir qué vale la pena sostener, con qué recursos, en qué contexto y durante cuánto tiempo. Decidir qué forma toma una idea cuando deja de ser algo íntimo y empieza a existir en el mundo real. Muchas veces los bloqueos creativos no tienen que ver con la falta de sensibilidad, de habilidades o de imaginación, sino con la dificultad de transformar una idea en algo realizable, de hacerla convivir con el tiempo disponible, con el dinero que hay o el que no hay, con los vínculos, con el contexto en el que se produce.
En ese punto, la creatividad deja de ser una abstracción y se vuelve una práctica concreta.
Durante el encuentro apareció una pregunta que funcionó como eje para pensar todo lo demás: ¿qué estamos mezclando cuando creamos? Creo que ninguna idea surge de la nada, y esta puede ser una idea que aceptamos pero que no siempre desarrollamos. Toda creación es una mezcla. Mezcla de referencias, de experiencias, de deseos, de técnicas, de límites. Cuando algo nos parece creativo, muchas veces es porque aparece una combinación inesperada, algo que irrumpe donde no lo esperábamos, que rompe una expectativa previa. No es magia. Es decisión. Decidir qué elementos poner en juego, dónde ubicarlos, qué dejar afuera.
También apareció con fuerza la relación entre ideas y recursos. Una idea no existe separada de sus condiciones de realización. Siempre dialoga, o entra en tensión, con los recursos disponibles. A veces el problema no es que la idea sea mala, sino que está pensada para un escenario que no existe. Revisar una idea a la luz de los recursos no significa empobrecerla, en muchos casos significa transformarla. Cambiar la escala, el formato, el modo de producción. Volver a mezclar.
Pensar la creatividad no es frenar el hacer. No es postergar indefinidamente la acción. Es darle dirección. Es permitirse hacer mejores preguntas antes de seguir avanzando en automático. ¿Cómo empiezo cuando necesito una idea? ¿Siempre empiezo del mismo modo? ¿Qué pasaría si empiezo desde otro lugar? ¿Qué cosas consumo que realmente me conmueven? ¿Qué están mezclando esas obras que me gustan?
Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas que se trabajan en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y remezclarlas con el tiempo. No como conclusiones definitivas, sino como puntos de partida.
Podes sumarte al taller en este formulario: https://forms.gle/abSP6MrDJhykdj4N7
2. Describir para crear y sostener
En el primer encuentro abrimos una puerta: la creatividad no es “tener ideas”, sino saber qué hacer con ellas. En el segundo encuentro nos metimos con una herramienta concreta para eso: la descripción. No como si fuera un trámite, no como la idea de “contar algo”, ni tampoco la descripción pensada como “escribir lindo”... Acá hemos pensado en describir como parte del trabajo creativo, como una forma de crear y de dar forma a los proyectos.
Porque si algo aparece una y otra vez en proyectos que no avanzan (o que avanzan con sufrimiento) es esto: la idea existe, pero existe a medias. Más o menos la formulamos, nos entusiasma… pero no termina de volverse clara. Y cuando no hay claridad es mucho más difícil que haya sosten. No porque no sea una idea piola o falte voluntad, sino porque todavía no sabemos qué estamos haciendo.
Describir sirve para ganar esa claridad. Y sirve en dos direcciones.
Primero, describimos para que el otro entienda. En el encuentro salieron estos ejemplos: describís cuando volvés a tu casa y contás una situación del día, cuando escribís una tesis, cuando presentás una convocatoria, cuando pedís financiamiento, cuando querés convencer a alguien de que se sume: todo eso requiere descripción. No se puede pedir apoyo (ya sea tiempo, energía, compañía, dinero) para algo que ni siquiera está formulado con nitidez.
Pero lo más importante: describimos para entendernos adentro nuestro… para comprender lo que queremos hacer. Para poder decir “esto es lo que quiero hacer”.
Muchas veces se confunde “poca profundidad” con “falta de claridad”. No es que la idea sea chata: es que todavía está demasiado en borrador. “Quiero hacer un libro” no es una idea. Es un encabezado, es una especie de idea primaria… Lo piola, el contenido de la idea, lo que la empieza a hacer particular en su desarrollo, aparece cuando empieza el “y además”. Cuando le sumás capas: formato, tono, público, recursos, modo de producción, experiencia que querés generar, etc. Ese “y además” no es capricho: es construcción.
Ahora bien: agregar cosas no significa mezclar todo.
En el encuentro apareció una analogía simple: el helado. Cuando somos chicos creemos que si mezclamos todos los gustos que nos gustan, el resultado va a ser superior. Y no. Muchas veces queda una pasta marrón que no se parece a nada. En creatividad pasa parecido: mezclar todo lo que me gusta no garantiza un resultado mejor. La mezcla no es batir. La mezcla necesita criterio, o sea elegir qué entra, qué no, y sobre todo: qué parte de cada cosa entra.
Ahí vuelve el concepto que venimos trabajando desde el comienzo: criterio creativo. Ese criterio no es una teoría abstracta. Es una herramienta de producción. Es lo que te hace decidir proporciones, recortes, recursos, escala. Y también es lo que te permite sostener un proyecto sin morir en el intento.
Porque sostener no es solo “ser constante”. Sostener es diseñar algo que se pueda hacer en la vida real. Y ahí apareció una idea que para mí es clave:
La manera de llevar a cabo la idea es parte de la idea.
No hay “idea” por un lado y “después vemos cómo se hace” por el otro. El cómo se hace define lo que la idea es. Si no tengo plata para producir un libro hoy, quizás la idea no es “hacer un libro”: quizás la idea es “contar esto” y el formato, por ahora, es otro. Podcast. Newsletter. Serie de clips. Algo que entre en el tiempo y los recursos reales. Eso no empobrece la idea: muchas veces la vuelve posible.
En este encuentro, además, dimos un paso importante: entender que consumir también es un acto creativo. Porque no creamos desde la nada. Creamos desde lo que vimos, escuchamos, leímos, vivimos. Nuestra paleta creativa no es solo una lista de referencias: es una memoria gigante que está en distintos cajones, algunos accesibles y otros escondidos. Y si queremos describir mejor lo que hacemos, primero tenemos que aprender a describir mejor lo que consumimos.
Por eso hicimos un ejercicio: mirar la intro de Big Mouth y preguntarnos cosas básicas, pero poderosas: ¿qué me gusta de esto? ¿qué me incomoda? ¿qué se está mezclando? ¿para quién está hecho? ¿qué decisiones aparecen en la música, el montaje, el tono, la estética? No para “analizar Big Mouth”, sino para entrenar el ojo. Para practicar esa descripción que después necesitamos para nuestros propios proyectos.
Y ahí surgió otra cosa que me parece fundamental: no juzgar lo que te gusta. El “gusto culposo” es un bajón, particularmente me parece una paja, no porque sea inmoral, sino porque te corta el acceso a tu propia paleta. Si algo te gustó, te atravesó… te guste o no te representa. Aunque hoy no lo pongas en una vidriera de lo que te identifica. Si trabajamos en creatividad, necesitamos asumir el bagaje completo: lo que nos gusta, lo que nos gustó y ya no, lo que nos da vergüenza, lo que amamos en secreto, lo que odiamos. Todo eso también construye lenguaje.
El segundo encuentro no fue una receta. Fue un reordenamiento. Una invitación a frenar un segundo la inercia del “tengo que producir ya” y hacer una cosa anterior: describir para saber qué estoy produciendo.
Porque describir no es frenar el hacer, es una de las herramientas que necesitamos para hacerlo posible.
Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas que trabajamos en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y remezclarlas con el tiempo. No como conclusiones definitivas, sino como herramientas para usar.
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3. Sostener después del entusiasmo
En este tercer encuentro apareció con más claridad una pregunta que ya venía rondando desde el inicio del taller y que esta vez tomó forma a partir de algo que surgió en el grupo interactivo de WhatsApp: qué nos pasa cuando pasa el entusiasmo con una idea.
A muchas personas les ocurre lo mismo: podemos tener un montón de ideas. El problema es qué hacer después, cuando la energía inicial baja y la idea deja de empujar sola. Ahí aparece la dificultad de sostener, de desarrollar, de seguir adelante cuando ya es suficiente el impulso.
De las respuestas que fueron apareciendo, hubo algo que se repitió con fuerza y terminó organizando el encuentro: el para qué como una herramienta concreta. El para qué de un proyecto suele darse por sentado, pero cuando no hay tiempo, cuando no hay plata o cuando aparece el cansancio, es casi lo único a lo que se puede volver, por lo tanto es la columna vertebral.
Ahí apareció una idea central: la motivación es un recurso. Un recurso tan importante como el tiempo o el dinero, y muchas veces más. Porque tiempo y dinero rara vez sobran. En cambio, la motivación se puede trabajar, revisar, afinar. No toda motivación sostiene un proyecto, y no todo para qué alcanza a largo plazo… pero para el momento de salir a buscar dinero, comprar tiempo, convocar personas, la motivación tiene que estar super fuerte.
Cuando la motivación está puesta únicamente en que algo “funcione” o “la pegue”, el proyecto queda atado a variables que no controlamos. Y cuando eso falla, la idea suele caerse. En cambio, cuando el proyecto está conectado con un deseo real, con algo que importa, es más probable que se pueda sostener o readaptarse incluso en contextos complicados.
Desde ahí el encuentro se desplazó hacia una mirada más amplia sobre los recursos. No solo tiempo y dinero, sino también habilidades, oficio, experiencia, energía, vínculos, entorno y capacidad de juego. Para pensar esto de forma concreta apareció como ejemplo Socket, un falso documental hecho con muy poco presupuesto, donde el recurso principal no está en lo técnico sino en la actuación, la improvisación y la construcción de un mundo narrativo claro.
Eso abrió una pregunta clave: ¿dónde están nuestros fuertes? ¿Qué sabemos hacer bien con lo que tenemos cerca? ¿Qué parte de nuestro recorrido, de nuestro contexto o de nuestra práctica puede convertirse en recurso?
En ese marco apareció también la distinción entre entusiasmo y motivación. El entusiasmo es un shot de energía, algo intenso pero breve. Sirve para bajar la idea, escribirla, hablarla, hacer un primer boceto. Pero no siempre es el mejor momento para tomar decisiones grandes (como endeudarse jaja). La motivación, en cambio, es lo que puede quedar cuando ese entusiasmo baja y en lo que se trabaja un poco más en frío.
En la segunda parte del encuentro se propuso empezar a construir un horizonte de referencias distinto: consumir y analizar cosas hechas con poco, pero bien resueltas. No como culto a la precariedad, sino como ejercicio de criterio. Porque si solo nos comparamos con superproducciones, la distancia siempre nos paraliza, nos detiene, nos frustra de entrada.
El encuentro cerró volviendo a una idea que atraviesa todo el taller: dar marco. Dar marco a las ideas, al tiempo disponible, a los recursos reales. El marco no limita: sostiene. Permite que un proyecto exista más allá del entusiasmo inicial.
Tal vez sostener no sea insistir más, sino mirar mejor. Entender qué nos motiva de verdad, qué recursos tenemos y qué decisiones estamos dispuestos a tomar para que una idea no se caiga cuando deja de empujar sola.
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4. ¿De donde salen las ideas?
En este cuarto encuentro el foco estuvo puesto en una pregunta que suele aparecer de manera difusa, pero que rara vez se trabaja de forma directa: ¿de dónde salen las ideas?
no para ser respondida de forma romántica ni abstracta, como siempre vamos a decir, sino para traducirla en decisiones concretas.
Hemos usado como punto de partida el poema Confesión del viento. Un texto que se construye sobre una decisión expresiva clara: darle voz, conciencia y personalidad al viento. A partir de su lectura apareció una consigna simple pero potente: pensar qué pudo haberle pasado a quien escribió ese poema, o sea… cual puede haber sido el disparador que llevó a que el escritor (Roberto Yacomzzi) haya empezado con la idea. Esto es util para poder ver diferentes caminos o trayectos de decisiones, y tambien para ver que las ideas a veces pueden salir de cualquier lado.
Ahí apareció con fuerza una idea que atraviesa todo el taller: crear es decidir.
Decidir que aparece y que no, que queda de todo lo que se me ocurre y que se descarta… Tambien decidir el tono, el punto de vista, el grado de intimidad, la forma, etc.... El viento podría haber sido agua, fuego o una persona. Podría haber sido humor o tragedia. El poema no es solo lo que dice, sino también todo lo que quedó afuera. Incluso podría no haber sido un poema, sino cualquier otra cosa.
Toda esta lógica la pusimos en tensión al ver una publicidad de energía eólica construida desde un recurso muy similar: el viento hablando de sí mismo. Dos producciones completamente distintas, con objetivos y formatos opuestos, pero con un punto de partida cercano. Eso permitió ver con claridad algo fundamental: una idea, en abstracto, no es nada. Es un campo de posibilidades. Lo que la vuelve concreta termina siendo el conjunto de decisiones que se toman alrededor.
Desde ahí el encuentro se desplazó hacia problemas reales, a través del consultorio creativo, algo que inauguramos o empezamos a poner a prueba.
En un primer caso apareció un proyecto sobre artistas callejeros, trabado en “la pregunta” y en “el cierre”. En lugar de buscar la pregunta perfecta para el otro, se propuso volver hacia el proyecto: ¿qué tipo de proyecto es?, ¿qué me interesa realmente saber?, ¿a quién se lo quiero contar?, ¿qué curiosidad organiza todo lo demás? Antes que sumar más capas, apareció la necesidad de foco, de elegir.
En ese marco surgió otra herramienta clave: la prueba mínima. Hacer algo pequeño y posible antes de diseñar la obra completa. Muchas veces el bloqueo no está en la falta de ideas, sino en pensar directamente en el resultado final sin haber hecho ningún ensayo. Los ensayos son parte del proceso y a veces ayudan a “tangibilizar” lo que queremos hacer… ya sea en maqueta o lo que fuere.
El segundo caso del consultorio abordó un bloqueo muy común en proyectos musicales: la sensación de “no tener herramientas suficientes” y de que “lo que hago no me gusta”. Ahí apareció una distinción central entre producir ideas y evaluarlas. Juzgar mientras se produce suele cortar el proceso antes de que algo tenga tiempo de tomar forma.
Se trabajó sobre una simplificación deliberada: para empezar, una canción puede pensarse como texto + melodía. La voz es un instrumento. Toda melodía sugiere una armonía, aun cuando no sepamos nombrarla o conceptualizarla. Desde ahí se habilitaron estrategias concretas: cantar sobre bases, grabar tarareos, reformular melodías existentes, separar el momento de juego del momento de análisis. No se trata de que lo primero que aparezca sea “bueno”, sino de tener material para trabajar.
Apareció con fuerza una idea que atraviesa muchos procesos creativos: la distancia entre lo que nos gusta como consumidores y lo que somos capaces de producir hoy. Ese desfasaje no es un defecto, ni esta necesariamente mal es el lugar mismo del trabajo creativo, es un poco lo que nos toca al ponernos “del otro lado del mostrador” o sea, del lado de crear. El problema no es la idea inicial, sino qué hacemos con ella después.
Hacia el final se volvió al poema inicial (Confesión del viento) desde otro ángulo: su transformación en canción. El mismo texto atravesado por distintas interpretaciones, decisiones musicales y modos de decir. El recorrido completo (que empezaba pensando el disparador, viendo la interpretación de ese disparador para llegar a un poema, luego ver que eso se transformo en canción, para que mas tarde una arregladora genere su propia versión), nos permitió pensar el proceso creativo como una cadena, no como un momento de inspiración aislado.
El encuentro dejó una idea abierta que atraviesa todo el taller: no todas las ideas llegan para ser usadas ya. Algunas necesitan ser anotadas, guardadas, dejadas en reposo. Habrá otro momento donde otra versión de mi mismo volverá sobre ellas con algo de distancia y más herramientas para decidir qué hacer.
Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas trabajadas en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y reutilizarlas en procesos propios. No como conclusiones cerradas, sino como herramientas para decidir mejor.
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5. Deseo, oportunidad y el rol de los otros
En el quinto encuentro del Taller Abierto apareció con fuerza una idea que venía trabajando desde el encuentro anterior: pensar la creatividad no como generación de ideas “de cero”, sino como lectura, intervención y mezcla de cosas que nos dan vuelta y de lo que venimos haciendo. Volver sobre la pregunta “de dónde salen las ideas” no para romantizarla, sino para entrenar una forma de atención. Mirar lo que aparece, lo que consumimos, lo que nos rodea, y preguntarnos por qué una decisión creativa se nos ocurre en determinado momento y no en otro.
Desde ahí se abrió una reflexión más amplia sobre los procesos creativos como procesos de toma de decisiones. No solo decisiones estéticas, sino decisiones de producción, de contexto y de estrategia. Apareció como disparador un caso reciente del mundo musical que permitió pensar las carreras artísticas como narrativas en movimiento, donde el deseo, la necesidad y la lectura del contexto se mezclan constantemente. La idea de “hacer lo que quiero” se complejiza cuando entra en diálogo con la realidad, con el mercado, con el momento histórico y con la necesidad de sostener un proyecto en el tiempo.
El núcleo conceptual del encuentro se organizó a partir de una idea tomada de Pedro Saborido: la mezcla entre deseo y oportunidad. El deseo como aquello que nos mueve, nos interesa, nos da sentido. La oportunidad como parte de los recursos disponibles: las puertas concretas por donde hoy se puede entrar. Ninguna de las dos funciona sola. Todo proyecto creativo se construye negociando entre ambas. No se trata de resignar el deseo, pero tampoco de ignorar las condiciones reales de producción.
A partir de ahí se propusieron algunas preguntas como herramientas de análisis:
¿Cuáles son mis deseos reales y cuáles mis deseos ideales?
¿Qué oportunidades estoy descartando porque no coinciden exactamente con el plan original?
¿Qué saberes propios están esperando otro formato para existir o tomar forma en una producción?
¿Dónde aparece el fantasma de “hacerlo bien” como freno para la acción?
En este punto apareció una experiencia personal que funcionó como advertencia: postergar una obra esperando el contexto perfecto puede implicar perder el momento, la oportunidad y el impulso. No como defensa del apuro, sino como señal de que la espera también es una decisión, y no siempre es la mejor.
Luego, en el Consultorio Creativo, la primera consulta giró en torno al rol de las personas que nos rodean en los procesos creativos. La pregunta no fue solo si el otro ayuda o no, sino cómo y cuándo. Apareció la necesidad de distinguir entre distintos tipos de escucha: personas que miran como público, personas que miran como realizadores, personas que ayudan a ordenar, personas que acompañan emocionalmente. No todas las miradas nos sirven para lo mismo ni en el mismo momento. De ahí la importancia de curar o seleccionar bien la consulta: saber qué estamos buscando de esa devolución y desde dónde queremos que el otro mire.
También apareció una idea clave: la escucha del otro es un recurso. Tiempo, energía, atención, afecto. Cuidar ese recurso implica ordenar la pregunta, presentar la idea de la mejor manera posible y no descargar confusión esperando claridad como respuesta. Preparar una consulta no es formalismo sino que es parte del trabajo creativo.
La segunda consulta planteó un problema distinto pero bastante conectado: un proyecto ya desarrollado, con múltiples piezas y formatos, que necesita dar marco. No sumar una obra más, sino unificar, ordenar, presentar el recorrido como un todo. Ahí apareció con claridad que dar marco es una nueva producción. Puede tomar la forma de una curaduría, un cierre de etapa, un archivo, un portfolio, un video o una plataforma que permita entender el proyecto de manera integrada.
Se propuso separar dos niveles de proyecto: la obra y el artista. A veces lo que falta no es más producción artística, sino un dispositivo que explique, que articule, que vuelva accesible el sentido del recorrido. Dar marco no limita el proyecto: lo vuelve legible, compartible y proyectable hacia otra etapa.
El encuentro cerró retomando el mapa general: la creatividad como negociación entre deseo y oportunidad; el rol del otro como recurso si se lo ubica con criterio; y la importancia de reconocer cuándo un proyecto pide orden, marco o cierre antes de seguir creciendo. No como conclusiones definitivas, sino como preguntas abiertas para seguir trabajando en los procesos propios.
Este texto forma parte de la Bitácora del Taller Abierto, un espacio donde quedan registradas las ideas trabajadas en cada encuentro para poder volver a leerlas, pensarlas y reutilizarlas con el tiempo. No como respuestas cerradas, sino como herramientas para decidir mejor.
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6. Inventar futuro y elegir procesos
El sexto encuentro comenzó directamente con cine. Vimos un fragmento muy corto de la película La Ciénaga (Lucrecia Martel) y lo usamos como ejercicio de mirada: observar cuánta información puede entrar en apenas tres minutos. No como análisis ñoño, sino como entrenamiento creativo. En ese inicio ya aparece un mundo entero: el norte, el calor y la humedad, una casa grande venida a menos, adultos borrachos, niños jugando con armas, perros, una vaca metida en el barro, dos adolescentes, una empleada doméstica al borde de ser expulsada. Varias líneas narrativas funcionando en simultáneo. Una idea quedó flotando: cuando una obra está bien construida, la realidad entra en capas, no en explicaciones.
Después escuchamos un fragmento de una charla reciente de Lucrecia Martel donde aparece una frase que organizó el encuentro: hay que inventar el futuro. No como consigna motivacional, sino como cambio de marco. Inventar el futuro no se hace esperando subsidios, recursos. No se trata de negar la pelea por ellos, sino de salir del chantaje de la condición ideal. Si mi proceso depende de que alguien habilite el contexto perfecto, quedo frenado.
A partir de ahí apareció una pregunta clave: ¿qué proceso estoy eligiendo? Antes que resolver “la obra” o el “formato”, hay una decisión previa: elegir un proceso posible en condiciones reales. Muchos proyectos no se caen por falta de ideas o tiempo, sino porque están pensados para una vida que no tenemos.
Esto se conectó con algo que venía apareciendo en el grupo de WhatsApp: el vínculo entre estado de ánimo y producción artística. Distopía, cansancio, miedo a “ser productivo”, romantización del sufrimiento, necesidad de comunidad. En ese marco apareció una herramienta concreta: la emoción como información. No como obstáculo ni como obligación de rendimiento, sino como dato. Reconocer en qué estado estoy y decidir qué tipo de trabajo es posible hoy.
Se trajo un ejemplo simple: no trabajamos igual todos los días. A veces conviene tener espacios distintos para estados distintos. Un cuaderno para la bronca, para la catarsis, otro para ordenar, otro para analizar. Si el objetivo es sostener un proceso, ese proceso tiene que poder convivir con nuestras variaciones.
También apareció una idea muy concreta: hacer crecer algo de a poco. Regar una huertita de proyectos con 10 o 15 minutos cada tanto. Volver a un documento, responder una pregunta, sumar una línea. No como épica productivista, sino como forma de existencia real de lo creativo.
Hacia el final vimos el tráiler de Nuestra Tierra, el nuevo documental de Martel sobre el caso de Javier Chocobar y el conflicto territorial en Tucumán. La consigna fue trasladar la pregunta inicial a una obra concreta: ¿qué futuro querrá inventar esta película? No para responderla del todo, sino para entrenar criterio. ¿Por qué contar esto ahora? ¿Qué conversación intenta abrir? ¿Qué horizonte propone?
El encuentro dejó tres ejes que pueden funcionar como brújula cuando estamos trabados: elegir proceso, aceptar la condición real, leer la emoción como información. No es una receta, es un marco general para tener en cuenta. Cuando el mundo acelera y dispersa, quizás lo más creativo no sea producir más, sino decidir mejor qué proceso sostener y hacia qué pequeño futuro queremos empujar.
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7. Fenómenos, símbolos y recursos
En el séptimo encuentro del Taller Abierto hicimos algo distinto: en lugar de partir de una obra artística puntual, tomamos un fenómeno cultural reciente y masivo para analizarlo como si fuera un proyecto creativo. El disparador fue el streaming del CONICET: una expedición científica transmitida en vivo desde el fondo del mar que, contra toda expectativa, se convirtió en un evento colectivo seguido por millones de personas.
Lo primero que quisimos preguntarnos fue: ¿por que pasó?
¿Por qué algo lento, tan técnico, tan alejado de la lógica del algoritmo pudo volverse tan popular? ¿Qué capas se mezclaron para que eso sucediera?
Pusimos sobre la mesa varias hipótesis, pero ninguna alcanza por sí sola a explicarlo todo, hay que mezclarlas.
La primera (como la última) son las más sencillas: la gente emocionada emociona. No vimos las típicas divulgaciones científicas, no era el típico documental de animales, vimos investigadores genuinamente fascinados por lo que estaban encontrando en vivo, sus reacciones. La pasión de los y las científicas no estaba guionada, pero estaba sostenida por años de trabajo. Lo que se volvió visible en la transmisión fue la punta de un proceso largo. Más allá de la expedición que de por sí era algo poco común, de repente millones de personas pudieron asomarse a la dedicación de veinte años concentrada en unos pocos días.
Ahí apareció una segunda idea importante para entender esto: el largo aliento. En tiempos donde todo parece necesitar resultados inmediatos, este fenómeno mostró algo distinto. Para que un proyecto crezca hay que atravesar momentos aburridos. Hay mesetas, hay repetición, hay espera. Lo que vemos como exito masivo o como una cristalización de contenido es el resultado de muchos momentos largos de estudio, de observación y contemplación, de reflexión, etc.
Por otro lado apareció el contexto. Este streaming no ocurrió en cualquier momento. Llegó justito en medio de una discusión pública sobre el financiamiento de la ciencia y el rol del Estado. El CONICET se convirtió en una bandera bastante reconocible para una gran parte de la sociedad. Más allá de la calidad del contenido, hubo una dimensión política y simbólica que amplificó el fenómeno. Para muchos era algo más importante que mirar una expedición, lo vimos como un símbolo y un argumento para reiterar la importancia de un espacio de investigación soberano.
Otra capa fue el formato. Estas transmisiones eran largas y lentas, podían re dejarse de fondo a la vez que generaban expectativa. También había interacción en vivo y el chat construyó comunidad, códigos, pequeños rituales… esto lo da el tiempo y la insistencia.
Y, la ultima cosa que analizamos fue la presencia de un ícono como algo importantísimo. La famosa estrella de mar culona que se viralizó como síntesis de todo el fenómeno. Esa imagen funcionó como puerta de entrada para mucha gente porque resumía el fenómeno en algo simple, gracioso y compartible.
A partir de ahí el encuentro giró hacia una pregunta más práctica:
¿Para qué nos sirve analizar todo esto?
Sirve para recordar que ningún proyecto se explica por una sola causa. Que emoción, contexto, formato, símbolo, comunidad y timing se entrelazan. Sirve para pensar que nuestros propios proyectos también dialogan con conversaciones más amplias, incluso sin tenerlo en cuenta y sin planearlo todo. Sirve para entender que los planes son necesarios, pero la flexibilidad es fundamental. Que un plan A, B o C no elimina la incertidumbre, pero ordena el movimiento.
En la segunda parte del encuentro, el Consultorio Creativo trajo una pregunta distinta pero muy conectada con lo anterior: el dinero como recurso.
¿Es un tabú?
¿Es una amenaza?
¿Es algo que corrompe la idea?
La metáfora que fue util para pensar esto fue la siguiente: imaginar todos los recursos sentados alrededor de una mesa. La idea, el tiempo, la energía, el conocimiento, los vínculos, todos al lado del dinero. Todos opinando. Silenciar uno de esos recursos no hace que desaparezca: solamente va a volver más confuso el proceso en general.
Pensar el dinero como recurso no significa reducir la creatividad a rentabilidad. Significa aceptar que toda idea dialoga con condiciones reales. En algunos momentos puede ser útil poner en pausa la realidad para jugar, para conectar con la intuición, para imaginar sin límites. Pero tarde o temprano los recursos vuelven a la mesa y hay que decidir con ellos presentes.
El séptimo encuentro dejó algo claro: los fenómenos culturales no suceden como por arte de magia aunque así lo parezcan. Son multi causales, y esas causas se entremezclan constantemente. Son decisiones acumuladas en el tiempo y que se encausan en algo más o menos concreto. Y aunque no podamos replicar exactamente lo que pasó con el streaming del CONICET, sí podemos entrenar la mirada para detectar qué capas se están combinando en nuestros propios proyectos.
Quizás las preguntas que quedan flotando son estas:
¿Dónde están los símbolos, los contextos y los recursos que hoy están dialogando con lo que hacemos?
¿Estamos mirando solo la superficie o estamos entendiendo el proceso completo?
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8. Inteligencia artificial, procesos creativos y ritmo propio
En este último encuentro del Taller Abierto apareció una pregunta cada vez más central en la creación contemporánea: ¿qué lugar ocupan las inteligencias artificiales dentro del proceso creativo? Es una pregunta fundamental para entender qué parte del trabajo estamos delegando cuando las usamos.
Para abrir el tema vimos dos materiales muy distintos. Por un lado, un fragmento de Papota de Ca7riel y Paco Amoroso, donde un productor consulta a ChatGPT para fabricar un hit: una parodia que, al mismo tiempo, muestra cómo estas herramientas ya entraron en el imaginario cultural. Por otro lado, escuchamos a Tomás García, que propone una idea clave: las personas no se reemplazan, se reemplazan tareas. La IA no sustituye la creación completa, pero sí interviene en partes del trabajo.
Desde ahí el encuentro se ordenó alrededor de una pregunta más concreta: si el proceso creativo es también un entrenamiento, ¿qué músculos dejamos de entrenar cuando delegamos? Si usamos IA para generar disparadores, quizás descansamos nuestra capacidad de disparar. Si la usamos para ordenar, quizás dejamos de practicar el orden. Si la usamos para redactar o desarrollar ideas, aparece otra pregunta: ¿qué parte del lenguaje sigue siendo propio?
Nada de esto implica que usar estas herramientas esté mal. Pueden ser útiles para resolver tareas, organizar información o buscar puntos ciegos. El punto es tomar conciencia de lo que pasa cuando las usamos, porque toda herramienta no solo resuelve problemas: también modifica el proceso.
Ahí apareció otra cuestión central: el ritmo. La IA permite producir y procesar información más rápido de lo que podemos asimilar. Y eso abre otra pregunta mas: ¿estamos realmente procesando lo que producimos o solo acelerando? ¿Estamos pudiendo decantar y apropiarnos de las ideas que producimos tan aceleradamente?
Por eso también surgió una contracara: recuperar espacios analógicos como estrategia para algunas partes del proceso. Escribir en papel, usar un pizarrón, grabarse pensando en voz alta, trabajar con esquemas físicos. La idea no es traer esto como nostalgia, o como postura antisistema, sino como formas de desacelerar, concentrarse y no abandonar maneras que tambien nos fueron propias, que responden a ritmos que conocemos.
En paralelo volvió una idea que ya venía apareciendo en el taller: crear también es describir. Desarrollar una idea implica poder explicarla con claridad. En el contexto de estas herramientas esto se vuelve evidente: un buen prompt no es otra cosa que una buena descripción. Saber pedir, ordenar y delimitar lo que queremos sigue siendo una habilidad humana.
En la segunda parte del encuentro apareció otra discusión vinculada al trabajo creativo: cómo ponerle precio a lo que hacemos. Muchas veces el trabajo no se limita al momento de ejecución y las ideas aparecen caminando, cocinando o a la madrugada. Una herramienta concreta para abordar esto es la medición, o sea registrar tiempos, tareas y etapas para estimar mejor y presupuestar con menos sufrimiento y estrés. También es importante tener en cuenta que no todo proyecto busca lo mismo. Algunos generan capital económico, otros capital simbólico (obra, experiencia, visibilidad, aprendizaje). Entender esa diferencia ayuda a decidir dónde invertir tiempo y con qué expectativas.
El cierre dejó una idea recurrente en el taller: la creatividad no es solo tener ideas, sino elegir, en este caso, procesos. Las tecnologías cambian, pero el núcleo se mantiene: interpretar, decidir y construir un proceso sostenible. La IA puede ser parte de ese mapa, pero el sentido del proyecto y las decisiones principales siguen estando del lado humano.
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